Cosas del Pueblo

9 cosas que sólo lograrás entender si tienes pueblo

Ni playa ni montaña, lo mejor para desconectar del mundo es visitar a la familia y los amigos del pueblo, evadirte durante unos días y disfrutar de las cosas que nos ofrecen. A veces es posible que lo veas como una carga más que una bendición pero todos los que tenemos pueblo o hemos vivido allí durante un tiempo, sabemos que hay algunas situaciones que no cambian y no cambiarán nunca. Estas son 9 de ellas.

1. La rivalidad entre pueblos vecinos existe

La frase “mi pueblo es el mejor” no es ninguna tontería. Presumir de pueblo es algo habitual entre aquellos que gozamos de la fortuna de pertenecer a uno. Es el mejor, el más bonito, con más ambiente festivo, donde están las mejores ‘mozas’ y se hacen amigos para toda la vida. Con el paso de los años te das cuenta que no era tanto, pero siempre que regresas a la rutina sigues idealizándolo.

Si existe algo entre pueblos vecinos es la rivalidad. Villarriba y Villabajo son solo una pequeña muestra entre los centenares de pueblos en los que los vecinos se convierten en máximos enemigos. Nosotros ganamos el futbol, ellos al baloncesto, nosotros tenemos piscina, ellos tienen río, ellos poseen parada de tren, nosotros acceso en autobús. Cualquier excusa es buena para rendir cuentas a los forasteros, mirar por encima del hombro y hacer lo posible para quedar por encima de ellos cuando están de visita. Al fin y al cabo, son el enemigo ¿no?

2. Permisividad fuera de límites

La ciudad tiene límites, muchas barreras y muros altos que tal vez los más pequeños de la casa no hayan podido explorar; por el contrario el pueblo deja una libertad pasmosa, tan grande que a veces asusta. Algo que nos ha ayudado a vivir y disfrutar de la infancia como nadie, explorando cada territorio y aprendiendo a levantarte después de una dura caída.

La hora de irse a la cama se aumenta considerablemente: en la ciudad ronda las 10-12 con una sonora negociación con tus padres, mientras que en el pueblo oscila fácilmente entre las 3 o 4 de la mañana (sin contar fiestas). Esa libertad horaria se aplica a otro tipo de asuntos como autonomía de acción sin supervisión o montar en bici y moto antes que sacarte el carnet de conducir, con ellas has recorrido el perímetro de arriba a abajo, has ido a la piscina, al río, a la chopera y has bajado cuestas imposibles. Sí, posiblemente tengas alguna cicatriz para demostrarlo.

3. Comer, comer y comer

Si crees que llegar a tu límite de engullir comida es hincharte de hamburguesas del Burger King y McDonald’s, prepara tu estomago si estás pensando en visitar a la familia. No solo las grandes festividades son motivos suficientes para una comilona, debes aprender que en el pueblo se celebra TODO y como toda buena celebración, la comida no puede faltar.

Los pinchos, el chorizo, el queso, las tapas y los entrantes son solo el aperitivo para un día cargado de excesos. Comidas abundantes con cantidad de planos, entremeses y postres acompañados de café, copa y pastas. Y llegamos a la merienda y la cena, presentes como grandes retos para nuestro cuerpo cuando ves salir de la cocina tantos platos que crees estar en el mundo de Harry Potter y tu abuela posee una despensa mágica.

Acabas de comer y sacan rosquillas, terminas de merendar y aparecen unas aceitunas; si estás a plan y quieres perder unos kilos, quizás ir al pueblo no es la solución más idónea para bajar de peso. Es algo innato de madres y abuelas cuidar a sus retoños y sobornarles con ‘comida’, lo malo es que luego cuesta mucho quitarse esas pesadas comidas del cuerpo.

4. Ir a misa

Las ciudades quizás no tengan tan arraigada la tradición de acudir a la Iglesia todos los domingos, por eso no tienes costumbre de acercarte a la capilla cada semana. A lo mejor no te interesan los temas religiosos, eres ateo, agnósticos o simplemente lo consideras un rollo social que nunca ha ido contigo; y sin embargo, allí estás de pie, en silencia y oyendo al cura decir su sermón mientras tu familia te mira orgullosa. Y te preguntas, ¿qué he hecho yo para merecer esto?

Es inútil resistirte, no sirve de nada que te hayas acostado a las mil (como ocurre en cualquier pueblo) porque tus padres y abuelos te despertaran a la hora indicada. Puedes protestar pero sabemos cómo se las gastan y es mejor que asumas tu responsabilidad y acudir a los santos oficios. Te duchas, te vistes ‘de domingo’ y haces de tripas corazón para acudir a la Iglesia donde todo el mundo te conoce y te saluda. Eso es amor por la familia y lo demás tontería.

5. Las fiestas son especiales

Agosto es un mes especial para todos, cogemos vacaciones y nos liberamos de las tensiones del trabajo. Para los que tenemos pueblo, agosto (por lo general) significa acudir a las fiestas patronales de tu municipio, reunirte con los amigos y pasar unos días en los que no estás para nadie y tienes permiso para hacer lo que te dé la gana porque ‘son fiestas’.

No son las fiestas de barrio, ni tampoco los conciertos programados en las grandes ciudades, allí el ambiente es diferente. No hace falta vestirse ‘de guapo’ ni lleves ropa para ligar, tu camiseta de peña y un mono de pintor garabateado son suficientes para disfrutar y meterse 100% en el ambiente. Saltarás con gente que no conoces, bailaras sin vergüenza delante de todos, conocerás a fantásticas personas, correrás las vaquillas, te pondrás un cabezudo para contentar a los niños, verás el toro de fuego desde lejos, intentaras conseguir un peluche en el tiro, jugaras al bingo o la tómbola, recorrerás las peñas para visitaras a tus amigos.

Será un momento de reunión con un enclave principal: el alcohol. Si la permisividad es enorme durante el año, en las fiestas de pueblo se vuelve extrema. Tu padres te invitaran a probar, tus tíos te sacan un cubata a escondidas y aunque tus abuelos de vean como una cuba, las fiestas son para festejar y eso significa pasarse empinando el codo más de la cuenta.

6. No tengo cobertura

No es una simple excusa, es la verdad. En la ciudad el 3G, 4G y la máxima cobertura está garantizada casi en cualquier punto, en los pueblos hubo un momento en el que con el móvil encima de la mesa tenían que llamarte a tu casa y preguntarte ¿Dónde estás, te he mando un mensaje y no me has respondido? Así son las cosas de vez en cuando en los pequeños municipios.

Cuando quieres desconectar es el mejor sitio porque la cobertura va y viene a su antojo, en tu habitación hablas durante horas y sin embargo en el salón no te llega ni una sola llamada. La cobertura es un ente parecido a la isla de ‘Perdidos’ que se mueve y hace lo que quiere a su antojo. La tecnología cambia y en el siglo XXI la falta de datos y mandar un tweet, subir una foto a instagram o contar tu nuevas aventuras en Facebook se convierten en un autentico calvario.

7. Todo se sabe, hagas lo que hagas

Si vas a tu pueblo unos días, durante vacaciones o para desconectar debes tener claro que hagas lo que hagas todos van a saberlo. Sí, da igual que intentes ocultar a tu nueva pareja, el despido de tu trabajo, un momento puntual de bajón o los problemas de salud de tu familia, todos acabarán enterándose de lo que pasa antes o después.

¿Quién dijo Internet cuando tienes a esas viejecillas curiosas y cotillas que nada más llegar salen de sus casa a preguntarte cómo, qué, dónde, cuándo y por qué estás allí? El boca a boca es muy fuerte en un pueblo pequeño, las noticias vuelan y sin querer te conviertes en participante de un ‘Gran Hermano Rural’ donde las cámaras son esas mujeres que hacen preguntas y lo cuentan todo en la cola de la carnicería. “¿Sabes lo que le paso el otro día a…?”

Pasarán días, semanas o incluso meses desde que no has visto a la vecina de tu abuela y sin embargo, estará al tanto de tu vida. Tus abuelos serán los máximos transmisores de tus andanzas, tus logros y tus fracasos porque si algo les gusta a las personas mayores es presumir de nietos. Si por algún milagro divino das con alguien que no te ubica, no tendrás reparos en preguntarte de manera sutil y directa: “¿y tú de quien eres?”

8. Formas diferentes de despertar

El ruido de los coches, el microondas sonando, la lavadora a punto de terminar, las sirenas de una ambulancia o un camión de bomberos, el autobús que frena de golpe en la parada al lado de tu casa, los aviones volando demasiado bajo, los vecinos taladrando a primera hora de la mañana… todas esas manera de despertar quedan atrás cuando estás en el pueblo. Ni siquiera la alarma es tan efectiva como la cantidad de ‘despertadores’ rurales que tenemos.

¿Ya son las 12.15? Sí, las campanas de la Iglesia avisan de la reunión dominical, están sonando como si no hubiera mañana y no te han dejado dormir. Es una de las muchas maneras de despertarse, podríamos añadir a los niños gritando en la calle, las gallinas de tu abuela, los perros ladrando del vecino, los pajarillos acurrucados en el nido del árbol más cercado a tu ventana… y sobre todo, a tu madre diciéndote que la comida está preparada en la mesa.

9. Mundo rural experimental

Una de las mejores cosas que tiene ir de visita al pueblo es el contacto con la naturaleza, con ese mundo rural tan desconocido para los habitantes de las ciudades y que te hace querer pasar más tiempos allí.

Eres un afortunado porque has tenido la oportunidad de ver a tu abuelo recoger las hortalizas del huerto, has cogido los huevos puestos de las gallinas, has dado de comer a los corderos, hasta recolectado las frutas de los árboles y te has empleado a fondo para ayudar a plantar los tomates, patatas, calabacines y cebollas que después disfrutas en tu casa; siendo consciente del esfuerzo que conllevan todas esas actividades y la diferencia nutricional con los productos que nos venden en los supermercados.

  • Artículo publicado originariamente en Los Replicantes.
  • Fecha: 5 de mayo de 2015.

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